Con la física cuántica conocemos el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, donde se nos dice que no es posible conocer con exactitud y simultáneamente la posición y velocidad de una partícula; cualquier intento de medir ambos aspectos conlleva imprecisiones. Se habla de probabilidades, en contra de lo que afirmaban Einstein y Schrödinger sobre un Universo totalmente determinado, y se habla del observador o partícipe, según John Wheeler, como elemento clave en cualquier experimento. El observador modifica siempre los datos de alguna manera, introduciendo un error que es imposible reducir a cero por muy precisos que sean los instrumentos de medida. El acto mismo de observar cambia lo que se está observando. No existe un espacio absoluto independiente del observador.

Según Heisenberg “lo que nosotros observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación”.

Si esto es así a nivel de partículas ¿es extrapolable a nuestras relaciones, no con pequeñas partículas sino con otros sujetos? Existen estudios orientados a demostrar la sincronizidad cerebral, cardíaca…y el efecto del observador sobre el sujeto observado que intentan  demostrar esto.

Los estudios de Cleve Backster a partir de 1966 nos hablan de los cambios que sufren las plantas al percibir las intenciones de los humanos que las manipulaban, incluso a distancia podían percibir esas intenciones y responder a ellas. Probó la existencia de un constante flujo bidireccional de información entre todos los seres vivos. Hizo sus experimentos con un detector de mentiras, colocaba las hojas de una dracaena entre los dos electrodos y comprobaba la reacción de la planta cuando esta era amenazada con algo, incluso reaccionaban al pensamiento amenazante del experimentador “como si la planta leyese el pensamiento”. En otro experimento, las plantas eran separadas en distintas habitaciones cuando unas de ellas eran sumergidas en agua, reaccionaban las otras como si captasen la muerte de sus congéneres, daba lo mismo la distancia, seguían reaccionando.

Parecía entonces claro que existía una conexión entre las plantas, entre sí y con los participantes de los estudios, percibiendo las intenciones de estos, pero ¿está presente esa sincronizidad entre nosotros? 


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