Siguiendo con el tema de las sincronicidades y yendo más allá de la relación con los más cercanos, existen vínculos entre especies, entre individuos que no van a tener contacto en toda su vida. Las teorías de los campos mórficos de Rupert Sheldrak explican la evolución simultánea de la misma función adaptativa en poblaciones biológicas no contiguas. La información son patrones de energía. Según la teoría de los campos morfogenéticos, estos permiten la transmisión de información entre organismos de la misma especie sin mediar efectos espaciales. El campo mórfico vendría a ser como un vínculo fuera del espacio y el tiempo entre las especies, que actúa a nivel subcuántico y que explicaría, por ejemplo, los experimentos con los monos de la Isla de Koshima(ver el mono número 100). La coordinación de todas las células se consigue con la ayuda de estos campos de información. Rupert Sheldrake hace varios experimentos donde demuestra este mismo fenómeno en humanos: el aprendizaje de algo era más rápido en un colectivo cuando el hecho en cuestión ya había sido aprendido antes por otros colectivos, muy separados del primero en el espacio.

Según los estudios de este científico sobre “la sensación de ser observado” el campo bioenergético de una persona se modifica cuando otra persona le dirige su atención.

Se hicieron varios experimentos donde, por parejas, el observador se colocaba detrás del sujeto y miraba la nuca de este o hacia otro lado y pensando en otra cosa. La distancia entre ellos era de 2 metros. Se medía la cantidad de aciertos a la hora de percibir la mirada del observador y se encontraron resultados estadísticamente significativos. Además objetivaron que si seleccionaban sujetos especialmente sensibles y observadores eficientes las puntuaciones positivas eran más elevadas. Se vio también que si participaban siempre los mismos sujetos, estos aprendían a diferenciar la sensación de ser observados y la de no serlo.

¿Y qué sucede con nosotros, como observadores? las sincronizidades  de las que hablamos no son unidireccionales. Esto es cosa, al menos, de dos. No somos sólo nosotros los que percibimos o intuimos al otro. Durante un tiempo, y gracias a estos vínculos, somos uno con el paciente. ¿Se quedan nuestras emociones en casa?

Una investigación del Massachusetts General Hospital comprueba que los médicos pueden sentir el dolor de los pacientes a los que tratan; sugiere que las expectativas de los médicos pueden influir en los resultados clínicos y determinar las respuestas del placebo en los pacientes. A través de imágenes de resonancia nuclear magnética funcional se estudiaron las zonas del cerebro que se activaban en estos médicos cuando estos administran algún tipo de tratamiento que ellos consideran efectivos, las mismas que se activan en el efecto placebo. Una de estas zonas es la corteza prefrontal ventrolateral, implicada en la coordinación de pensamientos y acciones de acuerdo con metas internas, procesos de toma de decisiones, expresión de la personalidad…. Y la otra zona, que se activaba también en los que tenían además mayor capacidad de empatía, es la región cingulada rostral, que se cree que participa en el control de la conducta y cuya activación se relaciona con características del optimismo: a  mayor optimismo mayor activación de esta zona, y la misma que está alterada en personas con depresión. Las expectativas de los médicos pueden influir en los resultados clínicos según este estudio.

Aprovechando los datos recogidos en el estudio Framingham, los doctores Christakis y Fowler vieron que la salud de las personas estaba conectada. En el caso de la felicidad  creen que la propagación de esta, como la de cualquier otro sentimiento positivo o negativo, estaría impulsada por las neuronas espejo, que automáticamente emulan en el cerebro lo que vemos en el rostro de quienes nos rodean.


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