A través de los trabajos de William S.Condon, de la Universidad de Boston, sabemos de la sincronizidad que se produce de movimientos entre dos individuos: en sus estudios se vio que los micromovimientos del cuerpo del conversador estaban sincronizados con las microunidades de su habla y, lo más interesante para el tema que nos ocupa, sincronizados con los movimientos de los que lo escuchaban. Con EEG se vio cómo se sincronizaban las ondas cerebrales de los individuos que participaban en la conversación.

En los estudios Grinberg-Zylberbaum se descubrió que la sincronía cerebral se producía no sólo entre dos personas, sino también entre los dos hemisferios de cada persona. El participante con los patrones de onda más cohesivos solía marcar el ritmo e influenciar al otro. El patrón cerebral más ordenado solía prevalecer. Estudió las reacciones fisiológicas en parejas dónde uno de los miembros padecía de cáncer, al miembro “sano” se le hacía mandar una intención positiva cuando veía una imagen del otro y se estudiaban las reacciones fisiológicas en ellos, decir que los miembros de la pareja estaban en salas totalmente separadas. Observó que en el emisor se producía, por ejemplo, un aumento de la conductibilidad de la piel dos segundos después de ver la imagen del otro miembro de la pareja y en esta había un aumento de la frecuencia cardíaca, del flujo sanguíneo…Los receptores tenían respuestas fisiológicas a las intenciones de los emisores y estas eran mayores si estos habían sido entrenados en la intención compasiva.

Otras investigaciones más recientes hablan también de la sincronización cerebral, según Lauri L. Nummenmaa profesor adjunto de la Universidad de Aalto, Finlandia, las emociones pueden promover la interacción social y facilitar la comprensión interpersonal al mejorar la sincronía cerebral. La observación de los demás en un estado emocional particular dispara automáticamente el correspondiente comportamiento y la representación fisiológica de ese estado emocional en el observador.

Cuando marchan al mismo ritmo, los objetos sincronizados envían una señal más fuerte de lo que lo harían individualmente.

El equipo de G. Rizzolatti descubrió en 1991 las neuronas espejo. Investigando con monos vieron que ciertas neuronas del cerebro de los monos observadores se activaban sólo con ver las acciones motoras realizadas por los investigadores. Este proceso se observó posteriormente en humanos. Estas neuronas parecen reflejar las acciones de otro cerebro. Ramachandran les llama las neuronas de la empatía, implicadas en la comprensión de las emociones de los otros. Estos grupos de neuronas se activan sólo cuando los actos motores observados tienden a una meta, cuando son realizados con una intención concreta. El mecanismo de las neuronas espejo permite la comprensión inmediata del estado emocional de los demás, antes que cualquier mediación cultural o lingüística. Se activan no solo al ver una acción, también por su sonido. Por ejemplo, cuando hacemos una representación mental de lo que nos están contando, nos permiten ponernos en el lugar del otro, como si nos estuviera pasando a nosotros, eso sí, con el filtro de nuestra propia experiencia. Se activan las mismas neuronas cuando sentimos alegría, amor…que cuando vemos esas mismas emociones en los demás.


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