Este libro me entusiasmó y emocionó desde el primer momento en que lo leí, de pequeñita, después de adolescente, y de adulta joven y ahora otra vez. Además ahora en una edición preciosa que me han regalado, con los dibujos de Antonio Lorente, maravilloso.
No os podré decir mucho que no sepáis ya de este libro, habla de amistad, de amor, de inocencia. De cómo los adultos nos convertimos en seres a veces vacíos, materialistas, no siempre, claro. Nos hace reflexionar en las cosas que de verdad importan, en como al crecer vamos perdiendo en muchas ocasiones la chispa, esa inocencia de la que hablábamos, la capacidad de sorprendernos, ilusionarnos.
Me encanta encontrarme adultos con su principito vivo, con su niña/niño interior despierto…
Pero eso sí, una niña interior que no sea una tirana, la clave, para mí, llevar nosotros a la niña y no que ella nos arrastre con sus berrinches, tenerla en equilibrio pero tenerla. Y ¿qué es esto de tenerla?, es escuchar sus necesidades, pues lo que harías con un niño, darle de comer, jugar con él, llevarle al parque…pues sí, cuando bailamos, cuando compartimos con amigos, cuando salimos a la naturaleza, gastamos una broma, cuando planeamos un viaje, una quedada con ilusión…ahí dejamos que nuestro niño esté vivo, presente.
También hay el otro extremo, gente que solo deja que salga el niño, y entonces son caprichosos, pueden ser egocéntricos, no saben cuándo parar esa broma o no triunfan en su trabajo por no tomarse nada en serio.
Entonces, ser adultos con un niño interior sabio en equilibrio podría ser una buena fórmula, y releer El Principito de vez en cuando, un buen recordatorio de cómo hacerlo.





